jueves, 15 de abril de 2021

LA LUNA DORADA MIRANDO EL DESMADRE EN LA CHARCA DEL PONCHE

 

LA LUNA DORADA MIRANDO EL DESMADRE EN  LA CHARCA DEL PONCHE

 

Manuel Bas

Dr. en Cultura y Arte para América Latina y el Caribe

Instituto Pedagógico de Caracas

 

 manuel.bas@hotmail.com

Caracas, D. C., Venezuela

 

“Mi marido bebe un ron que es como el arcoíris / Y cuando orina, orina ron de colores / Y cuando eructa, eructa el espíritu-de-vino / Dinero no hay para dar de comer a los doce bocas de familia” (Héctor Poullet, 2006)

 

         La caña de azúcar, que según los entendidos, es originaria de la India, los españoles la llevaron a la América en 1.493. En Santo Domingo estuvieron las primeras plantaciones, de donde saltó al resto del Caribe. El mismo Colón, llevó los primeros ejemplares desde las Canarias a las Antillas. La planta encontró allí, el terreno más adecuado para su desarrollo. El blanco producto se obtenía comprimiendo la caña entre cilindros de hierro. Pero no fue únicamente la azúcar lo que se produjo en el ingenio caribeño, aunque si mayormente, también se  elaboró el aguardiente, que no obstante, fue causal de bacanales en dichos lugares, manera como encontró la mano negra esclava para ahogar sus pesares, de la más vil explotación hasta ahora no conocida por la civilización occidental.

     Sobre el tema de la producción de aguardiente en el Mediterráneo Americano, Héctor Poullet (Guadalupe, 1938), activista por la enseñanza y formalización de los estudios creole (criollo) en su ciudad natal, y luchador además de la oficialización del bilingüismo francés-creole y,  traductor de importantes textos franceses al creole, se ha dedicado también a la cuentística. En este espacio comento un relato corto referido a la producción de licor. Un cuento titulado Mi tío Rigobert el tafiador o La charca del ponche, publicado en una serie de cuentos titulada Varios autores. Krik… Krak… Cuentos de las Antillas, por Monte Ávila Latinoamericana, C. A. el año 2010.

     Se refiere en el relato a Rigobert, un personaje que muy extrañamente está sobrio, la sobriedad para él es cosa del olvido. Aunado a esta deplorable situación es tafiador. Por cierto, Poullet, al comenzar su cuento aclara, es tafiador, no aviador, aunque a veces, cuando está extremadamente ebrio aterriza en las cunetas, planeando como lo hace un aeronauta. Para colmo de su alcoholismo, el trabajo es  una especie de grillete que lo encadena, y que nunca, seguramente, pasará los exámenes de alcoholemia. Lo cierto es que todos los días se dirige a la destilería de Clairin, donde tiene una de las misiones más difíciles que se le ha encomendado a persona alguna: catar el ron para dar el visto bueno. Es de suponer que debe ser para Él, un oficio tan difícil, tan exigente, que sobrepasa los doce trabajos de Hércules. Aunque no termina victorioso como el mítico personaje griego, sino a medios pelos.

     Para Rigobert, tafiador de profesión, que así se le denomina al que realiza la difícil empresa de medir el grado de alcohol, para considerar el sabor del guarapo espirituoso, el calor del Sol que caldea el cañaveral; está en riesgo de  ebriedad siempre, cosa que no le gusta, solo cuando está en las manos de Hipnos. Este hijo de Acan,  siempre corre el riesgo que se le suba a la cabeza un trago de ron, le caliente el cuerpo, y le circule por las venas como los Formula 1 en el  Circuito de Mónaco; cosa que Rigobert no desea, solo cuando está dormido… Siempre regresa achispado, muy alumbrado, chispo y alegre, con un andar ondulante… Llega a su casa a contar los cuentos de La Luna borracha, cuentos que datan de abril de 1848 en tiempos de los negros de las haciendas cuando celebraban aquel día de final de la esclavitud, de tres centurias de grilletes y látigos.

     En virtud de este trascendente acontecimiento tan afortunado, la alegría llegaba al cielo, para celebrar, armaron una borrachera colectiva, vertieron el ron y la azúcar en una charca para hacer un enorme ponche (cóctel), acompañado del tambor boulá (tambor pequeño) tocado por mozos negros, que antes, como señal de inicio de la bacanal, el viejo Kankangnan había aperturado con su tambor-ka (tambor fabricado con un tonel que había transportado  aceite o vino que se cubría con piel de cabrito, ahora se fabrican con tablas de madera de origen africano); asimismo otros instrumentos: el siyak, el brakyé, un gran caracol (instrumento musical de viento fabricado con la concha de un caracol marino), lo que ocasionó un avalancha de ritmos, combinados con una borrachera unisex… Las cinturas se soltaron, las tetas durante un tiempo se las agarraban las mujeres para evitar que brincaran, pero cuando el ritmo se endiabló dejaron que volaran a sus anchas. La templanza y la moderación quedaron bajo la custodia de Baco.

     Se aparecieron los lugareños de distintas localidades y los cimarrones. Fue un espectáculo delirante, aunque las mujeres de ébano, algo tímidas en principio, imponen el meneo de la cintura, a tal punto que desembocó en una bacanal histérica. Las mujeres ponían a volar las vestiduras, el desmadre no tenía limites, un espectáculo de locuras, un baile de agarrase y soltarse las tetas las mujeres; estando en plena faena apareció la luna color miel como a las 11 de la noche… De allí la frase: Luna borracha.   

     Pero no fue solo la Luna la que resultó chunga, debido a que una manga del pichotte  o culotte (prenda femenina) trasegó todo el ponche de la charca hacia la Luna… era un espectáculo alucinante; literalmente, las mujeres se emborracharon, la Luna fue testigo de cosas que no se pueden decir, en la que Oggun y  Ometochtli, hicieron de anfitriones de este suceso perturbador del orden, celebrado por Brígida de Kildare patrona de Rigoberto el tafiador…, nuestro sommelier. El blends ocasionó una papalina a los tomadores de ponche.

     La moraleja de este cuento, entre tantas, es que no todo fue llanto y dolor en los  ingenios como muchos estudioso quieren hacer ver; y que de cuando en vez, y de vez en cuando, en ellos se formaban zafarranchos, teniendo testigos en los ingenios: el azúcar y el licor bajo la Luna Borracha, como nos lo cuenta Héctor Poullet en su relato Mi tío Rigobert el tafiador o La Charca del ponche…, que de algún modo ilustra lo que sucedía en ellos en tiempo de la esclavitud en  el Mar Caribe, que es nuestra herencia remota…

 

REFERENCIAS

 

Poullet, H. Mi tío Rigobert el tafiador o La charca del ponche. En A. Hernández y A. M. Boadas (sel.). (2010). Varios autores. Krik… Krak… Cuentos de las Antillas (A. Hernández, Trad.). Caracas: Monte Ávila Latinoamericana, C. A.

 

MUESTRA VISUAL


Elda Lacruz (La Mucuy Baja, Edo. Mérida)

San Benito (2007)

Colección  y fotografía Manuel Bas, 

Caracas, D. C., Venezuela





Poster on line: Eduardo Palmera Gómez

Edición: Manuel Bas

Caracas, D. C., Venezuela,  mes cuatro de 2021

           

 

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